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Tres estudiantes detenidos por matar y cocinar a su perro

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Tres estudiantes han sido detenidos por presuntamente matar y cocinar a un perro con el que vivían en su vivienda alquilada.

Se trata de Romen, Michel y Daljith, todos rondan los 20 años de edad y estudian informática y animación en universidades privadas de Bangalore. Los 3 son de Manipur (India) pero viven en una casa alquilada en la zona de Subhash Nagar.

Chandrashekar, un activista animal y vecino de los jóvenes, dio la voz de alarma y puso una denuncia tras notar un olor extraño que emanaba de las habitaciones de los estudiantes.

Según la denuncia, Chandrashekar notó el olor raro y tras hacer una comprobación encontró a los tres estudiantes que habían despellejado a su perro y lo había cocinado para comer.

Tras reportar el asunto a la asociación “Animal Welfare Association”, él y otros activistas presentaron la denuncia.

Según informa indianexpress, las investigaciones revelaron que los estudiantes habían comprado un cachorro hace 6 meses y se lo llevaron a su casa. El pasado miércoles lo mataron para comérselo.

Los jóvenes están bajo custodia judicial. Se enfrentan a una pena máxima de dos años de cárcel.

3 Comments

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  1. enfermos de mierda!!!!!!HAY QUE CAGARLOS A PALOS Y COCINARLE UN FAMILIAR Y DARCELOS DE COMER!!!!!!HIJIOS DE SU PUTA MADREEEE

  2. Francamente no sé a qué viene tanto escándalo, se supone que lo que son sagradas en la india son las vacas no? Hay que tener en cuenta que son unos chavales, y en esa edad a veces se hacen cosas así y no las piensas mucho.

    La verdad es que yo viví una situación parecida en mis tiempos de universidad. Tenía unos amigos que vivían juntos en un piso, dos chicos y dos chicas. Una de ellas tenía un conejo de estos blancos y negros, bastante grande. Se llamaba Bunny y era un coñazo con de cuidado, cuando lo sacaba de la jaula se solía meter debajo de la mesa y te mordía los pies (pero fuerte, dolía).

    El caso es que cuando llegaron las vacaciones de semana santa ella se fué a su casa nada más terminar porque estaba medio peleada con su novio, uno de los chicos del piso que se iba a quedar allí en vacaciones. Los otros dos compañeros y yo decidímos quedarnos hasta el fin de semana para poder salir de juerga antes de encerrarnos a chapar. Total, la noche del miércoles hicimos una cenorra de la de dios, luego nos pusimos tibios a vino y salimos de farra a todo lo que daban nuestros incombustibles cuerpos de veinte años.

    Al día siguiente nos despertamos ya sobre el mediodía, y para pasar la “resaca” (jajaja, si hubiera sabido por aquel entonces lo que era una resaca de verdad…aaaay juventud, divino tesoro) nos pusimos a beber cervezas como locos y a fumar cigarritos de la risa. Era lo que llamabamos “el desayuno de los campeones”, y tenía dos efectos importantes: 1- daba igual lo que hicieras a partir de ahí, el contentillo ya te duraba el resto del día, y 2- hambre, muuucha hambre. Imaginaos el corte de meada cuando nos quisimos dar cuenta de que era jueves santo y estaba todo cerrado. Y el día anterior habíamos arrasado con todo en la cocina, no quedaba ni un triste chusco de pan, solo un bote de mostaza en la nevera, medio brick de leche y los condimentos habituales, pero vaya ¿qué ibamos a comer, pimentón con ajo?

    Total, que nos pusimos a buscar soluciones, pensamos en llamar a algún compañero de universidad que nos pudiera dar aunque fueran unos huevos y unas rebanadas de pan bimbo, pero la gente de fuera se había ido a sus casas, y no era plan de presentarnos en nuestro estado en casa de un amigo que viviera con la familia. La situación ya empezaba a derivar hacía el pánico cuando Jimmy (en relidad el mote se lo ganó precisamente por lo de aquél día) saltó con su entusiasta acento gallego “Eh tíos! Esta se dejó el conejo para que se lo cuidara!!”

    Resulta que su novia le había dejado el marrón de cuidar a la malencarada mascota porque no se lo podía llevar en el autobus. Rápidamente se celebró una especie de concilio en el que se decidió la suerte de Bunny. Las únicas voces que se alzaron para abogar por la vida del dentón fueron la de la otra compañera de piso, y aunque con muy escaso entusiasmo la mía. Si os soy sincero sólo lo hice por apoyarla a ella ya que me la quería calzar, pero por dentro me relamía pensando en la dulce carne que se estremecía en la habitación contigua, al alcance de nuestras bocas. Al final conseguí cepillarmela, pero varios meses más tarde, después de los exámenes de Junio, otra historia memorable, pero que dejaré para otra ocasión.

    Bunny fue sacado de su jaula por las orejas sin demasiada gentileza y llevado a la cocina. Una vez allí se le subió al fregadero, que hizo las veces de improvisado patíbulo y con un golpe seco en la cabeza se puso fin a su vida. Si bien fui yo quién lo despellejó, evisceró y descuartizó (porque era el único que lo había hecho antes y sabía cómo) debo decir que no fui el autor de su muerte ni hubiera sido capaz de ello. Aquello lo dejé muy claro cuando se discutió la suerte que había de correr el orejudo, y taxativamente me negué a dar muerte a la mascota de una amiga. Sin embargo su novio que estaba harto de los malos modales del animal, y no mucho más contento con los de su media naranja, me dijo que estaba decidido a poner fin a su existencia independientemente de lo que se hiciera después con el cuerpo. Una vez tomada esta determinación yo sólo podía dejar que Bunny se convirtiera en un residuo orgánico o ascenderlo a la categoría de manjar.

    He de decir que recuerdo aquella velada como una de las más alegres de mis años mozos, compartiendo el estofado alrededor de la olla, sentado con mis amigos todos en corro alrededor de la mesa del salón, bebiendo, riendo, celebrando nuestra osadía y nuestra juventud.

    A la dueña de Bunny su novio le dijo que había tenido que sacrificarlo el veterinario después de que le diagnosticaran tularemia cuando él lo llevó preocupado porque le notaba raro. Ella se lo tragó, pero al final se acabó enterando porque un día estábamos viendo la peli de The Doors de Oliver Stone y en la escena en la que Jim Morrison cocina al pato de su novia y ella empieza a gritar como una histérica “Jim! Maldito seas Jim!” nos dió la risa y empezamos a llamarle “Jim, Jimmy, Maldito Jim”. Aquello la mosqueó bastante, y esa semana debió tener una conversación con la otra compañera de piso y la otra se lo contó todo. No se si también le contaría como dejó los huesos mondados, que una vez que Bunny estuvo cocinado no le hizo asco ninguno. No presencié la escena de la bronca y consiguiente ruptura, pero por lo que me dijeron fué un espectáculo lamentable de groserías e histeria. de todos modos la relación ya estaba en las últimas. Los que participamos en el banquete nos seguimos llevando y mantuvimos el contacto hasta que terminamos nuestras respectivas licenciaturas, incluyendo a la acusica de la compañera, para que veáis que no hubo malos rollos.

    Y esa es la historia. Echando la vista atrás ahora no se me pasaría por la cabeza hacer algo así ni de coña, pero cuando uno tiene veinte años a veces no piensa mucho las cosas y si el hambre, un desayuno bajo en calorías pero alto en grados, y la osadía de la juventud se dan cita un día en que no hay papeo a la vista…pueden pasar ciertas cosas. Por eso digo que sin que me parezca bien lo que hicieron estos jóvenes, no creo que justifique una detención ni mucho menos penas de cárcel. No digo que esté de más una reprimenda, pero por favor, tratemos las cosas proporcionalmente si no queremos errar más severamente que los infractores.

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