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En memoria de mi inolvidable Argos

Mi Amado Argos,

Quise escribirte hoy, cuando han pasado casi diez meses desde tu partida, tiempo durante el cual ha pasado muchas cosas en el ir y venir de una vida sin ti. Es increíble la manera como impregnaste de tu energía todo mi espacio y el de todos aquellos que te amamos, esa huella imborrable tatuada en los más sagrados templos del ser humano, el alma y el corazón. Allí estás mi amigo, a través de las horas, de los días y estarás a través de los años que me queden por vivir.

¿Sabes? Extrañamente aún, al pasar por el corredor de la casa, la mente juega conmigo y por el rabillo del ojo veo sombras que me hacen sentir como si estuvieras allí acostado en una tarde cualquiera, o en tu sillón preferido, o incluso en mi cama y, por un segundo, siento la tranquilidad infinita de no haberte perdido. Luego vuelvo a la realidad y suspiro con nostalgia. ¡Han cambiado muchas cosas!!! Como ya bien lo sabes (en complicidad tuya) llegó a nuestra vida como un ángel, un ser maravilloso llamado Teddy. Fue sin duda lo mejor que pudo pasar en medio de la oscuridad de tu partida. La llegada mágica de nuestro gran Ted pudo dar esperanza a mi alma oprimida y remembró en mí (aún en circunstancias muy diferentes) aquellos días cuando te encontré a ti. Pudo con su presencia, endulzar la amargura que nos abrazaba a todos en casa luego de tu ausencia.

¿Recuerdas cuando llegaste a mi vida? ¡Nunca lo olvido!!! Llegaste como un ángel, en el momento más oscuro a salvarme del abismo. Fue por ti que pude anclar mi corazón a una razón de vivir, de seguir en un mundo que entonces para mí era sombrío. Fue nuestro lazo desde entonces entretejido y reforzado con los hilos invisibles del amor más puro, de la amistad verdadera, de la lealtad absoluta. Fuiste mi sostén y protector en la lucha contra mis propios demonios y gracias a ti salí victoriosa. Por eso para siempre estarás en un lugar irremplazable, intocable, indiscutible, inamovible.

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Siempre en casa se habla de ti, bien lo sabes. Es una inevitable rutina que pienso nos acompañará por siempre, igual que en los paseos con Ted por el parque inevitablemente le hablaré de ti y te hablaré como si nos acompañaras de manera invisible a todas partes. ¡Mi hermoso Argos!! ¡Cómo te echo de menos!!!! Aún paso a veces por el corredor y miro hacia la mesa bajo la cual sentí tu último aliento antes de quedarte dormido en mis brazos, y te busco allí, busco tu espíritu pero luego recuerdo que estás en todas partes y que siempre estarás conmigo. Cómo extraño tu húmeda nariz roja siempre en mi cara, el calor de tu cuerpo en las mañanas, tus locuras, tus silencios.

Recordando muchas de esas veces que por mi propio egoísmo te privé de la alegría de un paseo largo, de una tarde en el parque, de aquello que tanto amabas, seguiré pidiéndote perdón en voz baja, en mi arrepentimiento en medio de las lágrimas como lo hago en este instante y como lo haré hasta el último día de mi vida. Tu siempre dándolo todo, tan inocentemente esperando solo ese gesto de parte mía y tantas veces, sin vislumbrar que el tiempo pasa, que la vida se va en medio de las excusas del diario vivir, te negué ese instante, esa promesa, que luego ya no pude cumplir y que me acompañará tortuosamente en manera de auto reproche y auto castigo por siempre.

He incumplido una y otra vez la promesa de ir a plantar un árbol de flores en tu tumba. Pero no creas que es porque me olvidé de ti o no me importa ya hacerlo, es porque el sólo hecho de imaginarme nuevamente allí ante tú última morada, recordando aquel fatídico día de tu partida y sentir como se iba para siempre mi ángel guardián, se me hace insoportable. A pesar de esto, cumpliré mi promesa y en tu aniversario plantaré para ti aquel árbol y sé que será hermoso porque estará en él tu esencia.

Siento mi amado ángel no haber sido muchas veces todo aquello que tu pensabas que yo era. Sé que muchas veces te defraudé y sé que aun así siempre me amaste, me entregaste todo de ti y fui para ti tu mundo entero. Ya no hay marcha atrás y hoy solamente quedan los recuerdos que dejaste. Las fotos en el computador que son un preciado tesoro y que a diario observo en medio de alegría y melancolía, que acaricio con el dedo como  tratando de sentir tu textura, la humedad de tu nariz, la suavidad de tu pelo; o esa pequeña bolsita de papel donde guardé los dientes de leche que no te comiste y alcancé a salvar, que siempre mostré con orgullo a la familia y visitantes, como la mamá que muestra a todos con orgullo cuanto ha crecido su hijo; o tu primera correa, la correíta de riata azul que guardé junto a lo que quedó de la traílla luego de que te la comieras con esos filudos dientecitos de cachorro; o el último peluche rosa en forma de conejo con el que jugaste esos últimos días quedando impregnado el olor de tu hocico y que aún en medio de mi melancolía huelo en busca de tu olor; o tus mantitas, recipientes, correas y traíllas que fueron heredados a Ted; o tu pelota roja que aún tengo guardada y que tiene las marcas de tus colmillos; o tu pañoleta de color azul que tenía guardada en una bolsa y que luego de varios meses decidí sacar de la bolsita que impedía que se escaparan los pelos tuyos que habían quedado incrustados en ella para ponérsela a Ted en tu nombre; o el corbatín que usaste el día de mi matrimonio; y así tantos recuerdos tuyos, guardados atesoradamente como si el no hacerlo significara defraudar tu memoria.

Sin embargo, los recuerdos intangibles, aquellos que guardo en mi mente y en mi corazón, son los más preciados pues los llevo conmigo a todas partes. Siempre recuerdo la alegría que te acompañaba aún en los días más complicados, aún enfermo, aún adolorido. Siempre allí presente, allí tu dulzura, tu hocico sobre mi pierna, tu cuerpo enrollado junto a mí en la cama, tu nariz en mi nariz. Tus dulces ojos mirándome fijamente y siguiéndome a donde fuera. Las noches calentando mis pies, los días de caminata, siempre tú y yo. Siempre una y otra vez imágenes tuyas, tantos momentos colmando mi pensamiento. Nuestras “charlas”, mis regaños, tus escapes, tu humildad. Tu ladrido, tus lloriqueos en la ventana. Las pecas de tu nariz, la forma de tus manchas, la punta blanca de tu cola meneándose incansablemente. Tu cuerpo robusto y fortachón de la juventud, las canas que invadieron tu cara en la vejez. La imagen tuya apilando las cobijas sobre las camas para luego acostarte. Tú colgado en el mantel del comedor siendo pequeño y subido en el trapero mientras recorrían con él toda la casa. Tú jugando con los niños de la casa hasta el agotamiento y brindándoles ese amor y ternura incomparable. Toda la familia cargándote dormido en una sábana mientras te pasábamos de cama. Mi padre y tú siempre unidos, siempre cómplices. Tú y él escondidos comiendo golosinas en aquel cuartito donde tanto tiempo pasaron juntos. La última charla con mi padre, en la sala también en tu compañía, y él pidiéndome que cuidara para siempre de ti y que no te faltara nada, como si supiera que dos días después iba a partir. Tu tristeza luego de perderlo, tu ayuno, tu depresión. Tú consolando a mi madre devastada luego de perder a quién fuera su compañero de vida, la mitad de su alma y tú de manera inexplicable durmiendo esa primera noche a su lado en la cama para darle tu calma, tu calor, tu compañía. Tú recogiendo la pelota y trayéndola para que pudiera lanzártela otra vez. Tú allí bajo el comedor mientras comíamos y tu mal hábito de pedir  a estrujones que te diéramos pan o carne. ¡En fin!!!! Toda una vida a tu lado, siempre tú y yo, inseparables, cómplices y amigos. Todo tatuado en lo más profundo de mi ser.

Ningún otro ser pudo llegar a conocerme tanto como tú y te fuiste con mis secretos más recónditos. Cuando te fuiste mi amado amigo, recuerdo que me mirabas con esos ojos de siempre tan cargados de dulzura hasta que fueron apagándose. Y minutos antes pude acariciar tu hocico por última vez, de arriba a abajo mientras tú como presagiando la despedida lamias mi mano. Me consuela saber que la muerte no es definitiva y que existe la posibilidad de reencontrarnos en algún lugar cuando llegue el momento. Me acompañan siempre tus recuerdos, muchos más de los que hoy he descrito, luego de tantos años juntos, recorriendo caminos que solamente tú y yo sabemos, momentos sólo nuestros.

Es así, que teniendo siempre presente lo que me enseñaste sobre la lealtad absoluta, el amor verdadero, la felicidad constante, la entrega total, la tolerancia, la comprensión, el vivir cada momento al máximo, el disfrutar el presente y todo lo que significa ver la vida a través de los ojos de un ser maravilloso como tú, trataré de ser cada día una mejor persona para llegar a convertirme al menos medianamente en ese ser extraordinario que tú siempre pensaste que yo era. Te estaré eternamente agradecida por tan valiosas enseñanzas y por todo aquello que me brindaste. No dudes entonces mi fiel amigo que siempre te tendré presente en todos los momentos de mi vida y te llevaré en mi corazón y pensamiento hasta el último día, te prometo que mis hijos y los hijos de sus hijos conocerán la historia de aquel pequeño cachorro que un día llegó a mí y cambió para siempre el curso de mi existencia, aquel cachorro eterno que amé, que amo y que amaré. Siempre a mi lado, siempre a tu lado.

Gracias a Alejandra usuaria de la página de facebook de Schnauzi.com, por enviar esta noticia.

7 respuestas

  1. Sandra 3 años ago
  2. myriam buitrago 3 años ago
  3. Julia 3 años ago
  4. romy 3 años ago
  5. Milu Herrera 2 años ago
  6. Monica 2 años ago
  7. gorgi 2 años ago

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